sábado, 21 de mayo de 2016

BANCOS PAGARAN INTERESES

Con este titular varios medios de comunicación transcribieron un boletín de prensa del Partido Conservador en el que se informaba sobre la aprobación en último debate de una ley que obligaría a los bancos a pagar intereses a sus ahorradores.

Aunque la expectativa que generan anuncios como estos puede ser grande, lo cierto es que esto no pasa de ser un titular para la exposición mediática de un senador, porque sería una ley absolutamente ineficaz.

Como será de ineficaz que ni siquiera Asobancaria se opuso a su aprobación, y más bien coadyuvó en el análisis y en la redacción final del proyecto de ley.

Otorgar o no unos modestísimos intereses a los ahorradores no significa para nada un gran cambio o una verdadera reforma que se necesita al negocio de la financiación, ni tampoco es una noticia.

La noticia sería una modificación al sistema financiero y, sobre todo, al sistema monetario. El servicio de intermediación financiera ha sido considerado de interés público en nuestra Constitución y la propia Corte Constitucional en sentencia C 640 de 2010 consideró que: “La actividad financiera, bursátil y aseguradora es… está fundada en un pacto intangible de confianza.”

De hecho, el sistema de financiación es la única industria cuyos activos son en realidad el riesgo de toda la sociedad.

Según información de la Superfinanciera, para enero de 2016, de los activos de los establecimientos de crédito en el sistema financiero de Colombia, un poco más del 86% corresponden a cartera y a inversiones en derivados.

En un sistema libre de mercado, deberíamos poder manifestar si estamos de acuerdo o no con que nuestros recursos depositados en los bancos pueden ser susceptibles de ser invertidos a cambio de la participación en las utilidades de esas inversiones. Si por el contrario, no estamos interesados en invertir, entonces deberíamos pagar las comisiones por administración y manejo de nuestras cuentas. Pero aquí, ni una cosa ni la otra.

Los recursos que tenemos, que pagamos, que aportamos, que estamos obligados a llevar al sistema financiero son utilizados sin nuestro consentimiento en inversiones que sólo benefician a las entidades de ese sistema.

Si el riesgo de que ese 86% de los activos representados en inversiones sólo fuera de las entidades del sistema, pues no habría ningún problema, pero lo cierto es que el riesgo también es de todos nosotros.

Es como si consintiéramos todos en que un bus viaje a 140 km/h, para que el conductor y el dueño del bus alcancen a hacer más viajes y su negocio sea más rentable.

Popayán, 18 de mayo de 2016

¿Tienen derechos los animales?

En un reciente concepto del Procurador General de la Nación, se le solicita a la Corte Constitucional abstenerse de fallar de fondo sobre una demanda que pide que se declare inconstitucional un artículo del Código Civil (de 1887) que pone dentro de la misma categoría jurídica a los animales y a las cosas. Esta categoría jurídica se llama bienes muebles.

El Procurador consideró que es una equivocación inferir que los animales silvestres y domésticos son titulares de derechos y que deba promoverse su igualdad y su dignidad. Entre otras razones, porque la condición humana es la fuente principal y directa de derechos propios, a través de la figura de la personalidad jurídica y que, si bien los animales son objeto de protección jurídica, lo son por la exclusiva razón que contribuyen al “buen desarrollo humano”.

Además del evidente pensamiento antropocéntrico del Procurador, me parece relevante la discusión sobre la génesis de los derechos. El análisis de relación entre derecho y moral es sustancial a la ciencia jurídica, como también a la filosofía.

Si producto de la interacción cultural de los hombres nace un tipo de moral, aceptamos que somos relativistas morales. El derecho sería así una construcción colectiva y cultural que parte de las concepciones morales construidas por una cultura en un tiempo determinado.

El pensamiento científico ha involucrado grandes cambios en la construcción cultural de nuestras instituciones y de nuestra moralidad. El saber que el origen del universo y de la vida se dio a partir de cientos de miles de millones reacciones de las uniones azarosas de átomos y de moléculas, nos hace plantear la seria probabilidad de que no seamos producto de la voluntad de otro ser que tenga nuestra imagen y semejanza.

Sabemos ahora que el ser humano comparte con los demás seres vivos una cadena de información genética muy similar. Unas diminutas variaciones en esa cadena hacen que no seamos un árbol, por ejemplo, sino un hombre o una mujer que buscan un lugar en el mundo y consideren cosas como buenas o malas; correctas o incorrectas.

Los derechos desde un punto de vista sociológico parecerían ser una consecución permanente, a través de la contradicción de intereses. Los derechos laborales, los derechos nacidos de la democracia, como fuente del Estado, la libertad, la igualdad… Pero creo yo que los derechos no nacen de una concesión que hagan unos hombres respecto de otros, o de un Estado respecto de sus miembros.

Los derechos son un reconocimiento de nuestro permanente descubrimiento del mundo. Alguna vez descubrimos que no existe evidencia alguna sobre la superioridad moral o física del hombre frente a la mujer, pese a que muchos textos sugerían tal cosa. Descubrimos, asimismo, que, contrario a lo que se afirmaba como dogma, los seres humanos somos iguales y que no existiría una justificación válida para la esclavitud, ni para la expoliación.

Sabemos ahora que los demás animales, en aquellos que aún quizá no hemos descubierto un complejo desarrollo moral, o el que juzgamos como instinto natural, sí tienen capacidad de sufrir dolor, frio, hambre, incluso necesidad de afecto. De ahí que la ciencia jurídica también debe reconocer esas situaciones y reconocer en otras especies, la titularidad de derechos.

Popayán, de mayo de 2016

LOS ÁRBOLES EN EL CONFLICTO ARMADO

Cada vez que me subo a un avión, una de las cosas en que más pienso es en la diferencia de la producción que existe entre los sitios que alcanzo a ver. El viaje más usual, entre Popayán y Bogotá, hace que la diferencia entre producción sea evidente entre estas dos regiones.

Mientras que en Popayán lo que más observa son potreros muy poco ocupados y bosques de árboles no nativos para la extracción industrial de la madera, en la sabana de Bogotá se ven extensiones de verdes pastos, hectáreas y hectáreas de invernaderos, bodegas y zonas industriales.

Y es que la zona centro del departamento del Cauca tienen grandísimas extensiones de tierra destinadas a la silvicultura. Sin embargo, ese sector de la industria no crece, ni representa mucho en el PIB del departamento del Cauca.

Según los datos del DANE, la silvicultura en el Departamento del Cauca ha mantenido un crecimiento, digamos que estancado, entre 2000 y 2014, entre 64 y 61 mil millones de pesos (a pesos constantes de 2005)

De hecho, entre 2013 y 2014 su productividad fue negativa, pues pasó de 75 mil millones a 64 mil millones de pesos. Esto es una variación de -14,67%.

Asimismo, la participación de esta industria en el departamento es poco significativa y ha venido disminuyendo desde el año 2000, cuando representaba el 1,80% del PIB del Cauca al 2014, que representa tan solo el 0,77%

Esto contrasta, por ejemplo, con cultivos de menor extensión territorial como el Café, que para el 2014 tuvo una participación de 4,07% en el PIB del departamento.

Son varios y significativos los estudios sobre el impacto negativo en el medio ambiente del mono cultivo de especies arbóreas no nativas, para la industria de la madera. Sería preciso preguntarnos, si lo que ganamos, logra compensar el daño ambiental a largo plazo de este tipo de industria que, de otro lado, recibe unos costosos subsidios a través de los Certificados de Inventivo Forestal.

Los datos sobre PIB, si no son alarmantes, al menos son muy dicientes sobre la utilización de la tierra en el departamento del Cauca, para la explotación de la madera.

Este es un importante punto para analizar de cara ante un eventual posconflicto en el que la tenencia y el uso de la tierra son factores muy importantes dentro del conflicto que ha vivido nuestro departamento.

Popayán, 27 de abril de 2016

FALLAS DEL SISTEMA

En un sistema de mercado existen varios elementos que deben observarse necesariamente. Uno de ellos, quizá el más importante, es que todas las cosas tengan dueño, o que sobre todas las cosas exista algún mecanismo de apropiación, de tal suerte que podamos excluir a otros de su uso o de su consumo.

Cuando tal cosa no es posible, hablamos de un bien público y, en consecuencia, de un fallo del sistema de mercado. Un bien público se caracteriza porque no es posible excluir de su consumo a otras personas y, además, por el consumo que se haga de él, no altera las cantidades disponibles para otras personas.

El ejemplo por antonomasia es la luz solar. Es imposible excluir a otros de su uso y la mayor cantidad de luz solar que yo recibo cuando salgo a la calle, no agota las cantidades disponibles para los demás.

Los bienes públicos puros, cumplen todas esas condiciones, pero hay otros que, siendo públicos, no son tan puros.

Las procesiones de semana santa son un buen ejemplo para explicarlo. Organizar la procesión, las andas, los santos, las reliquias, los músicos, los vestidos, etc., eso tiene un alto costo. Sin embargo, muy pocas personas estarían dispuestas a compensar esos costos con dinero por ver el desfile desde la calle, pues resultaría casi que imposible privar a otros de presenciarlo y, la mayor cantidad de personas en las calles (hasta cierto punto) no disminuye la cantidad del desfile que pueda disfrutar.

Aquí es donde empiezan a realizarse una serie de maniobras, artefactos, invenciones o mecanismos para excluir a algunos, de ciertos beneficios. Desde cifrar las emisiones en el espectro electromagnético, hasta simplemente instalar graderías, para el caso de las procesiones. Ambos son mecanismos de exclusión. Supongo que el dinero que pagan las personas por utilizar las graderías, compensa de algún modo los costos de la producción de las procesiones.

¿Pero qué ocurre si hay personas que tienen la posibilidad de vender esa clase de exclusiones, pero con ello no se compensan los costos para la creación de ese bien público?

Por ejemplo, si tengo la suerte de tener el uso exclusivo de una casa con balcones que dan a la calle por donde pasarán las procesiones y dado que puedo dejar sólo para mí los recursos obtenidos, ¿acaso no estaría apropiándome de una parte de los costos en que incurrieron los organizadores? Creo que evidentemente sería así.

Hace algún tiempo leí que una compañía europea envasaba agua de mar en cajas de cartón para venderla a la industria gastronómica y ahora parece que la práctica está más extendida por unos supuestos beneficios a la salud ¿De quién es el agua del mar, para que alguien pueda tomar propiedad sobre ella y venderla?

En ocasiones el sistema de mercado, por sí mismo, no puede asignar de manera eficiente, ni justa aquellos bienes que no pueden ser física o moralmente apropiables.

Popayán, 20 de abril de 2016

Del caos al cosmos jurídico

Aunque sólo conocemos que fue derrotada la ponencia que no reconocía el derecho al matrimonio igualitario en un caso particular, podemos entender que la Corte Constitucional le ha dicho sí, a la posibilidad de ese acto jurídico entre personas del mismo sexo.

No me interesa tocar el aspecto ético ni moral de esa decisión. Me interesa el aspecto jurídico, porque, aun sin conocer la decisión, una cosa sí es cierta: ésta sería contraria a la literalidad del artículo 42 de la Constitución Política. Me explico:

El artículo 42 dice que la familia se constituye, entre otras maneras, por la decisión libre de un hombre y una mujer de contraer matrimonio. La interpretación literal de ese artículo, considero yo, que no deja lugar a dudas de que la Constitución Política no permitiría el matrimonio igualitario.

Los griegos de la antigüedad pretendían distinguir de entre el caos, las leyes por las que todas las cosas son gobernadas. Sólo así podían conseguir el cosmos que ordena todo. Caos y cosmos serían pues, antónimos.

Un sistema jurídico, pienso yo, debería ser un cosmos. No podríamos entender un sistema con normas que se contradigan entre sí, ni que contradigan los principios fundamentales, ni los valores, ni los fines que promueve y busca un Estado.

Considero que el papel fundamental de los abogados consiste precisamente en determinar cuáles son esas normas que gobiernan el cosmos jurídico. Entender el ordenamiento jurídico como un todo, como un sistema, incluso autopoyético, en detrimento por un entendimiento aislado de cada norma y cada regla.

Si de interpretar la literalidad de una norma se tratara la ciencia jurídica, en principio, no sería ni siquiera ciencia. Pero además no se necesitaría cosa diferente a saber leer, para ser un buen abogado.

Hay personas que consideran que la Corte Constitucional se arrogó facultades legislativas y hasta poder constituyente al permitir que, contrario a la literalidad de la Constitución, el matrimonio pueda predicarse entre personas del mismo sexo.

Yo considero todo lo contrario. La Corte sólo ha actuado entendiendo que existen varios principios fundamentales y valores constitucionales, que han sido reconocidos jurisprudencialmente, que hacen parte del derecho viviente y, que en tal virtud, tienen carácter normativo, pero que resultan incompatibles con la literalidad del artículo 42 de la Constitución.

Anticipo que sería un caso excepcional de una norma que formalmente está en el texto de la constitución, pero que materialmente debe rechazarse por ser incompatible con la misma.

En todo caso, considero que siempre es preferible buscar el corazón del sistema jurídico, entendido como un cosmos.

“Qui haeret in litera haeret in cortice”, decían los romanos. Yo lo traduciría algo así como, quien se queda con la letra, se queda con la piel. Thomas Branch en 1753, en un libro sobre máximas, principios y reglas lo tradujo al ingles y le añadió: Él tiene la cascara, sin la nuez; la forma sin la sustancia.

Popayán, 12 de abril de 2016

Que se haga justicia, aunque perezca el mundo

La eterna disputa entre el derecho natural y el derecho positivo se refleja en esta frase que fue expresada por Fernando I, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

¿Es la justicia una creación humana y, en tal virtud, sólo el derecho positivo daría cuenta de lo que es verdaderamente justo? Esto parecía creer Fernando I. Para él, el Estado y sus leyes deben ser respetadas en su integridad. Es la única manera de alcanzar la rectitud.

En el libro una idea de la Justicia de Amartya Sen nos presenta dos palabras del sánscrito, que refieren al concepto de justicia: niti y nyaya. El niti sería “la idoneidad de las instituciones y la corrección del comportamiento”, por su parte el nyaya, se orienta más a la evaluación de dichas instituciones, pero “ligada al mundo que realmente surge y no sólo a las instituciones o reglas que tenemos por casualidad”

El pasado 2 de abril, cientos de personas salieron a las calles a manifestarse contra el gobierno. Una de las razones de la manifestación consistía en su oposición al proceso de paz con las guerrillas. Me parece que el concepto de justicia de quienes rechazan el proceso de paz puede enmarcarse dentro del positivismo, bajo los siguientes postulados: La justicia no puede ser imperfecta; el Estado (la patria) debe tener preminencia sobre cualquier individuo; las leyes no son negociables, aunque con ellas perezca el mundo.

Cuando Amartya Sen habla sobre las reglas que tenemos por casualidad encuentro, por ejemplo, muy aproximado a ese concepto de casualidad, la actual ilicitud del narcotráfico. Uno de las cosas que parecieran más aberrantes en una negociación de paz es una eventual subsunción del delito de narcotráfico en el de rebelión. Sería abominable para los positivistas, que se plantee la posibilidad de conexidad de estos dos delitos. Sin embargo, existe y desde hace muchos años, sin objeción alguna, la conexidad del delito de homicidio con la rebelión. Así como se ha reconocido que el homicidio no tiene relevancia jurídica cuando se produce contra un guerrillero en medio de un combate.

El tráfico de drogas es ilegal sólo por la casualidad temporal y económica. La guerra del opio no se dio para evitar que se consumiera ese alcaloide, sino para evitar que se prohibiera su consumo en China; ya todos sabemos lo que ocurrió en Chicago antes y después de la legalización del Alcohol; poco a poco el consumo de marihuana tiene menos incidencia jurídica en los Estados Unidos…

De ahí que a mí me parezca irrelevante si existe o no conexidad del delito de producción o tráfico de drogas con el de rebelión; siempre y cuando la imperfección de las situaciones actuales pueda ser corregida, aunque se un poco.

Sería estúpido pensar que un proceso de paz va a convertir a Colombia en un remanso de paz. Pero lo que sí es cierto es que esta situación de guerra absurda es manifiestamente intolerable e injusta, especialmente, con las personas económicamente más vulnerables.

Popayán, 6 de abril de 2016

La eficiencia económica de la paz

Muy controversial resultó una propuesta para que guerrilleros desmovilizados tuvieran una suerte de pensión en un eventual posconflicto.

Un rechazo natural se evidenció en gran parte de la ciudadanía, con toda razón. Es contrario a cualquier sentido de justicia que quienes han hecho parte de las guerrillas tengan un privilegio de una pensión o un estipendio, mientras que ese derecho no lo alcanzan a percibir miles de compatriotas que han trabajado gran parte de su vida en la legalidad.

Sin embargo, hay pocas salidas, creo yo. La primera sería continuar con la guerra antiguerrillera, hasta que no quede ni un solo reducto con combatientes ilegales. Esto implicaría, al menos, mantener por algunos años más (quizá unos 15 o 20, u otros 50 años) el presupuesto para la Defensa que tiene aproximadamente 28 billones y medio, para el 2016. Esto es más o menos el 14.3% del total del presupuesto de la Nación.

Si suponemos que tan sólo uno de cada diez pesos de ese presupuesto corresponde al combate anti subversivo y si consideráramos, además, como se ha estimado que los armados en las FARC son aproximadamente unos 6700 elementos, más unos 9000 en sus redes de apoyo y que en total completamos unos 20 mil junto con los del ELN, podríamos decir que hoy deberíamos destinar un poco más de 143 millones de pesos al año por cada guerrillero.

La segunda opción. La rendición incondicional de todos los guerrilleros. Suponiendo que pudiéramos indultar a algunos y llevar a otros purgar largas condenas (de unos 20 o 40 años) en las cárceles. Deberíamos estimar que el presupuesto del INPEC para este año está alrededor de 1.7 billones pesos, para atender una población estimada en 2015 en 116.760 internos, pero con casi 39 mil por encima de su capacidad. Es decir, aproximadamente deberíamos destinar $20 millones de pesos al año por cada guerrillero encarcelado. Muchísimo mejor que la primera opción. Sin embargo, poco realista.

La tercera opción sería la que actualmente se explora. Una salida negociada y que algunos no vayan a cárceles y que incluso otros tengan un estipendio mensual de, digamos, un salario mínimo, que les garantice una progresiva vinculación a la vida civil, por unos 10 o 15 años. Eso sería un poco más 8 millones de pesos al año por cada guerrillero. Pero en verdad que sería injusto con quienes no han podido ni podrán acceder a una pensión.

En economía se estudian algunas teorías sobre distribución óptima de los beneficios o de comparación de situaciones. Los más usados, quizá, son el óptimo de Pareto y el óptimo de Kaldor-Hicks. En el primero, se considera que una distribución es óptima o eficiente si se puede mejorar la situación de al menos una persona, sin que nadie empeore.

En la práctica, resultaría muy poco aplicable. Si, por ejemplo, escogiéramos pagar un estipendio mensual a los guerrilleros desmovilizados, porque es la opción más barata, tendríamos unas personas que estarían, producto de un resultado injusto, en una situación peor.

En la segunda opción, la situación óptima se llega si quien se beneficia puede compensar a quien pierde. Creo que aplicado a lo que analizamos, una eficiente utilización del recurso público, correspondería a pagar el estipendio los desmovilizados, pero además, producto de la reducción de la décima parte del presupuesto de defensa, alcanza para compensar a una buena cantidad de ciudadanos, para que puedan gozar de una pensión, de un estipendio, o un beneficio periódico.

Popayán, 30 de marzo de 2016

Miedo y razón

Ahora es Bruselas y no encontramos respuestas efectivas contra el terror. El miedo es un instrumento que ha sido utilizado durante toda la historia de la humanidad. Para ganar las guerras, para evitarlas o para negociarlas. Para convencer sobre un argumento y para imponer una fe.

Moisés introdujo miedo en el Faraón y en el pueblo egipcio a través del poder de desatar las plagas y la muerte de los primogénitos, para terminar con la esclavitud del pueblo hebreo en Egipto. No fueron pocas las batallas que Simón Bolívar ganó sin que fuera necesario empezarlas. Su fama de feroz y despiadado con el enemigo, lo precedía en su andar. El temor a una eternidad de flagelaciones, tormentos y rechinar de dientes se presenta como consecuencia de no obedecer a Dios.

El terror utiliza nuestras más profundas debilidades: la posibilidad de pérdida de nuestros seres queridos, la posibilidad de la ruina y del hambre; del infierno. Probablemente sean las mismas cosas las que temen los terroristas. Creo que los fundamentalistas musulmanes tienen miedo de occidente; de su política, de su economía, en fin, tienen miedo de la razón de occidente; tienen miedo del fundamentalismo de la razón.

Es producto de la razón que nuestra sociedad, nuestra economía, nuestras formas de asociación política existen como las conocemos. Faltan aún muchos siglos más de aciertos y rechazos de razonamientos inválidos, pero creo que aún así, es a lo único que podemos apelar cuando el terror nos invade.

Y no creo que la razón nos indique que la única forma de combatir el miedo al terrorismo sea sembrando más miedo en los terroristas. Cerrando fronteras, desconociendo la cultura árabe y los profundos beneficios que nos ha traído a la humanidad, creyendo que el islam es la fuente del odio.

Al contrario; creo que la razón nos podría decir que lo opuesto al miedo no es la valentía, sino la confianza. Que la única manera de reducir el miedo de los terroristas es mostrando que no hay nada qué temer.

Después de lo de Bruselas, de nuevo los políticos, que se dicen hijos de la razón occidental, vuelven con discursos xenofóbicos, violentos, retardatarios que, no sólo no apaciguan nuestras heridas, sino que los vuelven a utilizar como arma que favorece sus argumentos.

¿Qué vamos a hacer? Cerrar las fronteras, no recibir inmigrantes, expulsar a los que ya lograron entrar. Vamos a atacar con mayor decisión las posiciones de ISIS en Siria; y si Rusia retiró sus tropas, pues vamos a pedirle que las regrese.

Como en la época de las cruzadas, vamos a dar a entender, por la fuerza, que la única religión verdadera es la nuestra; la del capital; la de la contaminación; la de la libertad para comprar armas y defendernos; la de razas genética, física e intelectualmente superiores.

Popayán, 23 de marzo de 2016

Instituciones versus individuos

Producto de nuestras interacciones como seres humanos hemos creado un sinnúmero de instituciones sociales. Los científicos se han esforzado por buscar las características principales de esas instituciones y por encontrar leyes universales que puedan explicarnos y predecir su funcionamiento.

Me refiero a instituciones sociales como el matrimonio, el Estado, el mercado, etc. No podría suponer cosa diferente a que, a través de los años de relaciones humanas, estas instituciones se han perfeccionado con el exclusivo propósito de servir al ser humano.

Sería improbable que aquellos animales que son sociables por naturaleza, organicen sus comportamientos grupales de tal suerte que tales comportamientos se vuelvan contra ellos mismos.

El ser humano sería el único que puede “personificar” esas instituciones y otorgarles condiciones privilegiadas.  En el Siglo XVII, cuando apenas empezaron a formarse las sociedades comerciales, aquello parecía contrario a la naturaleza. Se preguntaban entonces ¿Cómo era posible que una nueva persona naciera a partir del acuerdo de voluntades individuales y mucho menos cómo esa nueva persona podría tener derechos y obligaciones diferentes a las de las personas que les dieron origen?

Hoy en día, no podríamos concebir nuestro sistema de producción sin la intervención de las sociedades comerciales, como también difícil nos parecería concebir una sociedad sin Estado (hasta los anarquistas, propugnan un Estado mínimo), o sin matrimonio (o los efectos sociales y jurídicos que produce la unión de parejas). No podríamos ni siquiera imaginarnos una sociedad sin mercado. Ni los estados que han adoptado un sistema de economía centralmente planificada pueden funcionar sin observar las leyes de la oferta y la demanda.

Pero, así como en las historias que han materializado nuestros más profundos temores, esas en las que los inventos se vuelven contra los inventores, como en la del  Aprendiz de Mago, la del Dr. Viktor Frankenstein, la de Neo contra la Matrix, la de Sara y John Connor en Terminator, así como en esas historias, nuestras instituciones pierden su razón de ser. Prefieren ser ellas un fin en sí mismas; por encima de los individuos que las crearon.

Hasta nos ha tocado crear otras instituciones que nos protejan de nuestras creaciones (como en Terminator). Por ejemplo el derecho administrativo y el derecho penal como protección del individuo frente al poder del Estado.

La libertad parecería ser algo limitado, algo escaso. Un poco más de libertad de unas personas, dejan un poco de menos libertad a otras. Lo que me lleva a pensar que cuando existen sociedades comerciales con más dinero y más poder que muchos Estados, no encontramos respuestas de éstos frente a las reclamaciones de libertad absoluta de aquéllos, ¿qué podríamos esperar los individuos?


Es más importante tener mercados sanos, que individuos satisfechos. ¿Qué importa si hay gente que muere de hambre, mientras haya confianza de los inversionistas en un mercado?

Popayán, 16 de marzo de 2016

El poder de la externalidad de red

Estamos al borde de un racionamiento de energía. Expertos recomiendan al Gobierno Nacional adoptar esa decisión, en razón a la disminución de la oferta originada en el fenómeno del niño y en el daño de dos de las generadoras más grandes del país. Esto, mientras que la demanda, lejos de reducirse, ha aumentado en casi un 5% con respecto al año anterior.

Nos piden entonces que, para evitar un nuevo apagón, ahorremos energía en las horas de mayor consumo. Seguro que, al igual que yo, otras personas consideran que lo que haga o deje de hacer en relación con el ahorro, no va a incidir para nada en la disminución de la demanda. Es decir, pienso que si ahorro energía, la probabilidad de un racionamiento es tan alta como si no ahorro.

Esto me recuerda un término que había leído hace algún tiempo: el efecto de red. Aunque la definición podría ser un poco más larga, podríamos entender el efecto de red como aquel fenómeno económico que hace que el precio de un bien o un servicio no dependa de sí mismo, sino de la cantidad de usuarios que tenga. Esto sería algo como una economía de escala, pero no del oferente, sino de los demandantes. Las redes sociales son un claro ejemplo.

Este fenómeno, correspondería a una externalidad, como fallo del mercado cuando la utilidad que genera el efecto de red no puedan ser internalizada por quienes contribuyen a su creación. Este fenómeno poco a poco despierta mayor interés debido principalmente a la introducción de las tecnologías de la información y la comunicación, aunque ha encontrado también algún desarrollo incipiente en las ciencias sociales. En la ciencia política, por ejemplo, en el análisis del fenómeno del voto útil que puede ser estudiado como una aplicación de este principio.

Por otra parte, la obligación política de obedecimiento a la ley puede encontrar bajo la externalidad de red un punto de análisis. Entre más personas estén dispuestas a obedecer un precepto, mayor utilidad le reportará a una determinada persona incumplir el mismo. Así, si por ejemplo en algún lugar se declarara la ley seca y muchos se muestran dispuestos a cumplira, el beneficio sería mucho mayor para aquél que sea renuente y venda alcohol.

El dinero, por ejemplo, es para mí uno de los bienes que mayor utillidad reporta debido a la externalidad de red. Dado que, en nuestro caso, los colombianos confiamos que podemos conseguir más cosas con un retrato de Jorge Isaacs en el billete de 50 mil, que con en el de la Virgen María en una estampa de papel bond, el dinero encuentra valor y con ello nos beneficiamos todos, porque podemos hacer intercambios mucho más fácil, más rápido y más barato.

Sin embargo, hay quienes toman una mayor parte en ese beneficio. Quizá los mayores beneficios los obtienen los bancos que, sin que sean absolutamente necesario tener en físico la misma cantidad de dinero que ponen en circulación, la sola confianza en la red hace que se creen activos a partir de cosas que no existen. Los activos financieros que producen intereses sobre dinero del que nunca han sido dueños.

Es interesante reflexionar cómo cada uno de nosotros, sin saberlo, aporta para la consolidación de esa externalidad de red derivada de la confianza colectiva. Pero dado que mi esfuerzo para terminar con esos beneficios, que considero inmerecidos, resultaría inútil si, por ejemplo, yo decidiera cerrar mi cuenta de ahorros mañana, continúo más dispuesto en mantenerla abierta, de la misma manera que preferiría permanecer indiferente a ahorrar energía, pero esperar que los demás lo hagan.

Mejor voy a apagar las luces.


Popayán, 9 de marzo de 2016

DE LA COHERENCIA

Cuatro son las virtudes cardinales que, según Platón, debía tener un ciudadano: La justicia, la fortaleza, la templanza y la prudencia. También fueron recogidas por Aristóteles y, luego llevadas a la teología por Santo Tomás.

No sé si podría considerarse como una virtud, o como una materialización de la fortaleza y la templanza, pero creo que si hay una cualidad por la que tengo una gran admiración es la coherencia.

Esa coherencia que exhiben ciertas personas no se reduce a la testarudez, ni tampoco a la necedad de permanecer en la mentira, cuando la reflexión y la razón han llevado a otras conclusiones. La coherencia se manifiesta, incluso, abjurando de ciertas concepciones cuando ellas contradicen a los principios.

Y en ello radica la coherencia, pienso yo: en mantenerse fiel a los principios; sean cualesquiera que sean.

Se ignora si las virtudes pueden ser aprendidas o enseñadas. Con la coherencia ocurriría lo mismo. Sin embargo, yo sí creo que debe existir una inclinación innata que haga efectivo su desarrollo. Como el futbolista o como el músico, que no tienen un talento natural, y que sin embargo pueden aprender a jugar y a tocar el piano, pero seguramente no serán lo suficientemente buenos como aquéllos que tienen ese don.

La coherencia, al igual que la templanza, no permitiría que el discurso se contagie de las veleidades del poder, o del favor popular. Por eso reconozco en Bernie Sanders, a una persona que tiene esa cualidad: la coherencia. Esa que es tan necesaria en la política, para que sea de verdad política; para que la política deje de ser el simple cálculo electoral y permita la contraposición de ideas y de propuestas.

Sanders seguramente será derrotado en las primarias de su partido, pero habrá puesto en la democracia estadounidense un hito muy alto en el debate, y aún más cuando del otro lado se encuentran personas que no gozan de la coherencia, ni de la templanza, prudencia, ni mucho menos, de la justicia, como me parece que ocurre con Donald Trump.

Las posiciones de Sanders son tan válidas allá como aquí: debemos preguntarnos hasta dónde es deseable que el capital participe e, incluso, desplace a la democracia. Si el sistema sobre el que nos educamos y que sustenta el poder político y económico resulta justo con la distribución de la producción; preguntarnos si las consecuencias actuales del crecimiento económico sobre el medio ambiente acrecientan la injusticia.


Aquí en Colombia hemos tenido nuestros propios Sanders, pero parece que aún estamos muy Rápidos y Furiosos, para un Abrazo de la Serpiente.

Popayán, 2 de marzo de 2016

De la corrupción como enfermedad mental.

Hace algunos días ocurrió que justo delante de la puerta del estacionamiento del edificio donde vivo, una persona había dejado parqueado su carro. Esta persona llegó, cuadró, subió los vidrios, le puso seguro a su carro y se bajó muy tranquilo. No le importó, en lo absoluto, que con su actuar estuviese comprometiendo los derechos y las libertades de otras personas.

Yo me atrevo a asegurar que esa persona, lejos de merecer una multa, un castigo una reprimenda, merece consideración, porque ese comportamiento sólo puede explicarse por una disminución de sus facultades cognitivas.

Seguramente padece de imbecilidad, retardo mental o algún tipo de enfermedad que de alguna manera le impide asociar su comportamiento con el de los demás. En todo caso y en razón a su enfermedad, debería prohibírsele conducir.

Más tarde reflexionaba en que, qué tal si esta persona no tuviera disminuidas sus capacidades cognitivas (que me parecería absurdo, francamente). En ese caso, qué razón lo motivaba a actuar de esa manera. ¿Qué le podía pasar por la cabeza?

Esa misma pregunta me la hago cuando algún funcionario público exige un porcentaje de la contratación pública. ¿Qué le hace pensar que ello le corresponde? ¿No se dan cuenta que con ese comportamiento comprometen seriamente los derechos y las libertades de sus conciudadanos?

¿O será que estos alcaldes, o directores de establecimientos públicos o congresistas que piden y reciben “comisiones” por la contratación, al igual que el pobre sujeto al que me referí al inicio de este artículo, sufren alguna enfermedad mental?

Ciertamente existen algunas patologías o trastornos de conducta que llevan, a las personas que las padecen, a violar las reglas, a desconocer los derechos de los demás, o a actuar de manera violenta. Estos trastornos son más frecuentes en los niños, pero al parecer nada obsta para que permanezcan hasta edades adultas.

No reconocer a los demás como sujetos de derechos es algo más que un simple egoísmo. Es una conducta asocial. Este tipo de conductas talvez son más claramente percibidas cuando el desconocimiento de los derechos ajenos se circunscribe a un solo individuo o a un grupo reducido; pero cuando se desconocen derechos cuya titularidad es difusa, el daño a esos derechos es menos apreciado.

En otras palabras, siento más indignación cuando una persona interrumpe la salida de mi vivienda, que cuando un servidor público toma para sí, parte del dinero destinado a la construcción de unas obras que me benefician a mí, pero también a muchas otras personas. Aunque al final, me perjudique más lo segundo que lo primero.

Padecer de un trastorno de comportamiento que impide respetar los derechos ajenos debería constituir una enfermedad inhabilitante para conducir un carro, o para conducir los destinos de una comunidad.


Sería mejor -y más barato además- que la sociedad pagara una pensión por invalidez a un servidor público que padezca este tipo de trastornos, que permitirle continuar en su cargo.

Popayán, 24 de febrero de 2016

Lo que hay de las ondas gravitacionales a Popayán.

Cada vez me producen más admiración los avances tecnológicos y los desarrollos del ingenio humano, así como los descubrimientos y las comprobaciones de interesantes hipótesis en el ámbito de las ciencias naturales, como la que acaba de ocurrir con las ondas gravitacionales, o hace algo más de un par de años con el Bosón de Higgs.

Pero la misma admiración me producen también los importantísimos avances en las ciencias sociales, que además de ayudarnos a comprender, por ejemplo, quiénes somos, qué hacemos o qué deberíamos hacer, nos brindan soluciones a problemas derivados de la convivencia en sociedad o a derivar obligaciones para crear nuevos y sofisticados instrumentos financieros.

Cuando pienso en los siglos y siglos de desarrollo de nuestra cultura jurídica, quedo impresionado de las teorías que se han desarrollado y que permiten utilizar reglas generales de orden sustancial y procedimental a un sinnúmero de conflictos.

Toda esta admiración se convierte en desilusión cuando veo tecnología subutilizada; cuando una persona dice, “es que yo el teléfono lo necesito sólo para llamar” o cuando un operador judicial en contra de toda la tradición jurídica y los siglos de desarrollo teórico sobre las instituciones, crea esperpentos que rompen el cosmos jurídico.

Es como si todo el esfuerzo humano detrás de la creación de artefactos físicos y culturales fuera simplemente despreciado.

De ahí mi permanente desilusión cuando tanto las innovaciones tecnológicas aunadas a las aplicaciones a las teorías de los contratos tienen poca o prácticamente nula valía en Popayán.

Parece que el túnel del tiempo que es la carretera entre Cali y Popayán, no se limitara a la arquitectura o a ciertas tradiciones, sino que involucrara toda suerte de innovaciones.

Los contratos de seguros, de medicina prepagada, los medios de pago electrónicos, las tarjetas débito o crédito, los servicios financieros y de inversión como la compra y venta de acciones, de opciones, de futuros, de derivados; todos, son cosas extrañas en Popayán.

Si bien, se puede considerar que existen materialmente, aquí no funcionan; aquí no sirven.

Pocos son los establecimientos de comercio que aceptan el pago con tarjetas; la medicina prepagada es rechazada prácticamente en la totalidad de los servicios de salud; los servicios agregados bajo una póliza de seguros de automóvil, como grúas, carros talleres, conductor elegido, etc., son un mito urbano.

Todas las innovaciones tecnológicas que buscan reducir las emisiones de material particulado producido por la combustión del Diesel o la gasolina, es desconocido por el transporte público de Popayán que transmite a los pulmones de los viandantes, la reducción de sus costos de operación.

En fin y volviendo a las ondas gravitacionales, tengo entendido que ellas fueron observadas gracias a un artefacto llamado Interferómetro Láser Avanzado de Ondas Gravitacionales, que logró medir las pequeñísimas curvaciones en el espacio tiempo producto de la interacción de la masa de ciertos cuerpos.

Estoy seguro de que si uno de los Interferómetros Láser Avanzado de Ondas Gravitacionales lo hubieran puesto en Popayán, éste no hubiese funcionado y en consecuencia, no tendríamos el conocimiento que tenemos ahora.

Esto es particularmente triste en un lugar donde el ingeniero Carlos Albán, producto de su ingenio hizo volar el primer aparato tipo dirigible, muchísimo antes que lo hiciera Zeppelin, en Alemania.

Popayán, 17 de febrero de 2016

JUSTICIA Y MERCADO

¿Qué es lo que hace que algo nos parezca justo o injusto? Algunos filósofos coinciden que tenemos un sentido innato que nos permite establecer esa diferencia. Otros, por el contrario, piensan que es a partir de la convivencia en sociedad que podemos juzgar aquello que es más conveniente.

Adam Smith, en ‘teoría de los sentimientos morales’, explica que de alguna manera podemos sentir compasión, tristeza o alegría, por situaciones que padecen otras personas, pero que a nosotros no nos afectan directamente. De ahí que podríamos calificar algunas cosas como justas o injustas.

Existiría, pues una relación muy próxima entre la sicología que estudia la empatía y la filosofía moral que teoriza sobre lo que consideramos es bueno y malo.

La semana pasada se nos presentaron noticias de niños, en La Guajira, que estaban muriendo por inanición. El Ministerio de Salud, salió a desmentir, señalando que las muertes no se habían producido por inanición, sino por otras razones distintas; pese a que no se desmintieron las condiciones de insuficiente nutrición que padecían no sólo los niños muertos, sino una buena parte de la población Wayú.

Sentimientos de indignación afloraron por todas partes, frente a esa situación. ¿Cómo es posible que mientras que los niños mueren de hambre en la Guajira, el Presidente de la República sale en una comitiva con dos aviones repletos para Washington a conmemorar los 15 años del Plan Colombia?

Pero más allá de la indignación como respuesta primaria, es posible que no analicemos por qué nos parece algo injusto que los niños Wayú estén deficientemente nutridos, mientras consideramos que, en términos generales, la apropiación de ciertas cosas en un sistema de mercado, no sólo es deseable, sino que es justa.

La Guajira es, naturalmente, un territorio desértico, No obstante, ahí se han asentado durante muchos, muchos años comunidades humanas con relativo éxito. Al igual que en Egipto, con el rio Nilo, el rio Ranchería es una fuente natural de agua que hace que esas comunidades puedan obtener su sustento.

Para infortunio de los Wayú y del rio mismo, bajo su cause existen vetas de Carbón que pueden ser mejor explotadas si el río es desviado. Esto unido a una represa que nunca terminaron y al fenómeno de cambio climático que disminuye las concentraciones de hielo en la Sierra Nevada, han llevado a que las condiciones físicas de la región cambien significativamente más rápido de lo que cambia la cultura de vida.

La explotación minera, el represar ríos y la emisión de gases de carbón, son una necesidad para el crecimiento económico, sin duda. Sin embargo, sólo una pequeña parte de los beneficios de esas actividades nos llegan a todos. La mayor parte de los beneficios se queda en los inversionistas de capital. Bajo un sistema de mercado esto es justo, pues sólo es con la decidida inversión del capital y con los riesgos financieros que se corren, es que podemos conseguir esos pequeños beneficios.

En el libro ‘Lo que el dinero no puede comprar’, del filósofo estadounidense, Michael Sandel, pretende establecer límites morales a lo que puede ser objeto de apropiación en un sistema de mercado. Entre varios ejemplos señala el de un espectáculo público gratuito en Nueva York, que por su calidad es objeto de muy alta demanda, aunque el espacio para poder verlo es limitado.

Por ello ciertas personas encuentran que es justo, en un sistema que trata de aproximar a la oferta y la demanda, apropiarse de lugares en las filas para poder venderlas posteriormente a las personas que tienen capacidad de pago. De esa manera un espectáculo que es público y que está destinado a toda la población termina convertido en algo absolutamente privatizado y que sólo puede ser disfrutado por algunos.

Igual ocurre con el río Ranchería y con los demás recursos naturales, que naturalmente no pueden ser considerados ni siquiera de los colombianos, sino de la humanidad.

Popayán, 10 de febrero de 2016

EL CAPITAL EN EL SIGLO XXI

Un rockstar mundial se adelantó a The Rolling Stones en Bogotá. Se trata del actual rockstar de la economía, Thomas Piketty, quien dio una conferencia sobre su libro El Capital en el Siglo XXI en la Universidad Externado. De esta visita dieron relativamente cuenta algunos medios de comunicación

A partir de series históricas con datos de tributación, especialmente del impuesto de renta, Thomas Piketty realiza comparaciones sobre desigualdad en el ingreso y en la riqueza, especialmente entre Europa, Estados Unidos y Japón. Esos datos son bastante desalentadores sobre las condiciones actuales de desigualdad en la acumulación de capital y, de la que considera es correlativa, la desigualdad en el ingreso.

En relación con Colombia, señaló que no existen mayores datos con los que se pueda hacer similares comparaciones a las realizadas por su grupo de trabajo para esos otros países. Sin embargo destaca que, de conformidad con estándares internacionales actualmente aceptables por la comunidad internacional, Colombia tiene uno de los más altos niveles de desigualdad en el mundo.

El 1% de la población con más riqueza, se hace al 20% de la producción total. Mientras que si ampliamos al 10% de la población más rica, vemos que ésta se hace al 50% de la producción.

Esto significa llanamente que la mitad de lo que producimos en el país, al final va a manos del 10% de la población, que es la que tienen mayores concentraciones de capital.
Una cosa me llamó poderosamente la atención de esta conferencia. Es un llamado que hace Piketty entre líneas y que así mismo lo dejaré en este corto comentario de opinión.

Dice Piketty que no todo en su libro son malas noticias. Dice que entre la maraña de datos que relacionan la disminución del capital público con el aumento del capital privado, y el consecuencial aumento de la deuda pública que dejaremos a nuestros hijos, la buena noticia es que tenemos un aumento sin precedentes de la riqueza privada.

El capital, en nuestro sistema económico actual, es ciertamente la base fundamental para la producir lo que necesitamos. Esto deja en otros factores de producción como el trabajo, un papel menos relevante y dado que la fuerza de trabajo es el único patrimonio de la mayoría de personas, éste es menos remunerado.

Esto básicamente ya se había dicho antes, en el Capital del Siglo XIX, lo que ocurre es que ahora tenemos un poco de mayor certeza de las conclusiones, a partir de las investigaciones como las del grupo del profesor Piketty.

Popayán, 3 de febrero de 2016

¿Usted renunciaría?

Supóngase que es Usted una persona que cumple unas importantísimas funciones en el Estado, por ostentar un alto cargo y considera que, por cuenta de unos malquerientes, se han ventilado informaciones falsas, deshonrosas y calumniosas sobre su proceder. ¿Usted renunciaría a su cargo?

Supóngase que esta serie de injusticias sistemáticas que se ciernen sobre su cabeza, no son coherentes con su carrera pública y, en tal sentido, su derecho al buen nombre y su prestigio se verían seriamente comprometidos si sus malquerientes consiguen su cabeza. ¿Usted renunciaría a su cargo?

Supóngase finalmente que esas falsas informaciones que todo el mundo tiene por verdaderas riñen abiertamente con las funciones y con los derechos que Usted ha jurado garantizar ¿Usted renunciaría a su cargo?

Este es seguramente el dilema que deberán atravesar varias personas cuyas carreras se han visto empañadas con denuncias sobre corrupción o sobre conductas impropias producto del abuso de su posición privilegiada.

Una alta dignidad del Estado no sólo representaría un honor para quien la ejerce. Representa, sobre cualquier cosa, una altísima responsabilidad de quien la ostenta. Esa altísima responsabilidad que se ha jurado cumplir a los ciudadanos, a veces puede resultar incompatible con los derechos al buen nombre y a la defensa que personalmente le corresponden.

Por eso, aun cuando dentro de sus más íntimas convicciones sean absurdas y falsas las informaciones que se hacen, es preciso actuar no a título personal, sino en virtud de la investidura que se ostenta.

En este país, en donde el servicio público corresponde la mayoría de veces, más bien a un sistema bien organizado de privilegios personales, la renuncia a un cargo público no es una opción y los derechos personales se usan como escudo en contra los ataques fundados o infundados.

Antes de aceptarse o de postularse para un alto cargo público, una persona debería reconocer que se está asumiendo un riesgo considerable de ceder parte de sus derechos personales.

La virtud cívica al aceptar un cargo público, se entendería materializada cuando un ciudadano que acepta servir a los demás, está dispuesto a dejar sus privilegios y sus honores, cuando quiera que se advierta mancha que opaque su cualidad moral para ejercerlo.

Entiendo, sin embargo, que existe una delgada frontera entre la virtud ciudadana de mantener incólumes las instituciones ante ataques personales, y la templanza para mantenerlas en pie ante ataques propios de su investidura.

Si Usted acepta un alto honor en el Estado debe entenderse que éste sólo tiene como fin el servicio a sus conciudadanos, y aun cuando producto de una situación injusta, se pierda la facultad de servir a sus conciudadanos, Usted sólo se queda con el alto honor (privilegio). Esto resulta, a todas luces, contrario a la lógica. Luego Usted, entonces, debería renunciar y utilizar el ámbito personal, para defender sus derechos personales.


Creo que el magistrado Pretelt debió haber renunciado hace mucho tiempo a la Corte Constitucional y el Defensor del Pueblo debería hacerlo pronto.

Popayán, 27 de enero de 2016

¿Cuánto de lo que hoy somos y tenemos nos pertenece?

En una entrevista que leí hace algún tiempo, el profesor de economía e investigador del Banco Mundial, Branko Milanovic, hizo una referencia a la famosa frase “yo soy yo y mi circunstancia…” que escribió José Ortega y Gasset en su libro Meditaciones del Quijote. Lo anterior, en alusión a que según el profesor Milanovic, aproximadamente el 80% de nuestro actual ingreso depende del país donde hayamos nacido y de quiénes son nuestros padres. Sólo un 20% corresponde a otros factores que, aunque personales, no necesariamente dependen del mérito, como la suerte, la raza y el género.

Esto nos presenta un panorama muy poco optimista en el que, por regla general, nuestro esfuerzo y nuestro mérito contribuye en un pequeño porcentaje en la configuración de nuestro ingreso.

Sin llegar a discutir el porcentaje de participación de nuestras circunstancias en nuestro ingreso, sí que podemos afirmar que existe una evidencia clara respecto de la gran influencia del lugar de nacimiento en la consecución de logros personales.

Si consideráramos el Premio Nobel como un reconocimiento personal de la actividad académica o cultural de una persona y aún reconociendo que puede existir un cierto sesgo hacia la izquierda política, al menos en las categorías de literatura y paz, podemos encontrar que entre 1901 y 2013, 254 personas nacidas en Estados Unidos habían recibido ese reconocimiento. En segundo lugar y con menos de la mitad, se encuentra Reino Unido como lugar de nacimiento de 99 premios nobel, seguido de Alemania con 98, Francia con 49, Suecia 28 y Holanda con 17. Entre los demás países del mundo se reparten 268 premios nobel.

Entonces entre estos los 7 primeros estados se cuentan 545 reconocimientos, mientras que entre el resto de países se reparten 268 premios. Si tenemos en cuenta que hay 194 estados reconocidos por la ONU, podemos decir que un 3,61% de los países del mundo han obtenido 67,04% de los premios nobel.

Cifras como estas podrían confirmar que la evidente desigualdad entre los países de nacimiento de las personas que obtienen estos premios reproducen la desigualdad en el ingreso económico.

Quizá por eso cada vez que hay un reconocimiento extraordinario a un colombiano, es motivo de exaltación popular. Algún día un narrador deportivo, de esos que vociferan vivas y afirman que dios es colombiano, dijo que de este país no salían deportistas, sino héroes.

En fin. Lo que quiero decir es que al interior de nuestro país también encontramos esa serie de diferencias en el ingreso y esas diferencias dependen ciertamente de nuestras circunstancias. De ahí que es preciso establecer en cada caso particular, qué porcentaje de nuestros reconocimientos y éxitos dependen del trabajo, del esfuerzo y dedicación de otras personas y de la sociedad en general.

Por regla general, las personas con mayores ingresos tienen mejores niveles y tiempos de educación. Pero para que una persona dedique tiempo a esa preparación, para obtener mejores rentas futuras, deben existir unas cuantas dedicadas a la producción actual.


En el futuro esas rentas más altas, producto de la no producción actual, no deberían desconocer la participación y el aporte de todas las circunstancias que envolvieron ese éxito y pese a que parece evidente que uno es uno y sus circunstancias, resultaría de gran provecho reconocer qué me pertenece exclusivamente gracias a aquéllas. 

Popayán, 20 de enero de 2016

El salario mínimo

Para muchos, con toda razón, el salario mínimo decretado por el Gobierno Nacional es una afrenta a los trabajadores, pues el monto determinado no consigue cubrir una canasta básica de bienes y servicios, máxime cuando los datos de inflación del año pasado revelan un alza general del 6,77% en los precios al consumidor.

Por otro lado, teóricamente, en el sistema económico de mercado la fijación del salario mínimo trae consigo ineficiencias. Se dice que si el precio del salario estuviera fijado libremente por el mercado, no debería existir desempleo y el desempleo es, por supuesto, un uso ineficiente del factor trabajo.

Desde la edad media, los escolásticos pretendían hacer formulaciones universales sobre la justicia en los precios de las cosas. Se decía que el precio de las cosas, para que fuera justo, debía atender a la calidad de la persona que estaba involucrada en su producción, con el objeto de que con el pago que se le hiciera pudiese mantener su status.

Sin embargo, en el fondo lo que existe es el reconocimiento del mercado como fuerza que fija los precios de las cosas, pues es sólo aquello que tiene mayor reconocimiento para los demás lo que logra un mejor status y, luego, por supuesto, un mejor “precio justo”.

El salario mínimo legal es una fijación externa al mercado y afecta su funcionamiento de manera considerable. Es por ello que vale la pena reflexionar si es necesario o no que exista salario mínimo legal y si la justicia en su monto es producto de que con él se logre satisfacer las necesidades básicas, o si la justicia deviene precisamente por ser producto de la libertad en la fijación producto de la interacción de oferta y la demanda.

Yo me inclino por pensar que el salario mínimo fijado estatalmente es necesario, porque el reconocimiento de ciertas labores por la sociedad es formado a partir de una deficiente información sobre su verdadero valor. Me explico a través de lo que considero es una paradoja deportiva: siendo en el fútbol tan importante hacer goles como mantener la valla propia a salvo de ellos, un gol marcado, necesariamente es igual que un gol evitado. Sin embargo, por regla general, el goleador es mejor remunerado que el portero o que el defensor, ¿Por qué?

Los aficionados somos más proclives a recordar goles que atajadas o jugadas de marcación; así como a recordar más a goleadores, que a arqueros o la línea posterior del equipo; por ello es quizá que pese a que, generalmente haya dos delanteros por un solo portero, (mayor oferta de delanteros) es más rentable para un equipo tener en sus filas a goleadores reconocidos; pero esto entraña, a mi juicio, una injusticia.

En un sistema de fijación del salario mínimo mediante la interacción de la oferta y la demanda, serán los trabajos no calificados, aquellos con mayor oferta, los que tendrían un precio significativamente más bajo que el que actualmente estaría fijado legalmente. Pero, a la vez, ello proviene de la la información incompleta sobre la participación de estas labores “no calificadas” en la producción total. Entonces tendemos a sobrevalorar el trabajo más visible; el de los delanteros de las empresas y no el de los cientos de arqueros o defensas que hacen que la valla propia resulte invicta o con menos goles.

Es poca la información sobre la productividad de amas de casa, de personas que prestan servicios domésticos, de la productividad de la vigilancia o de los albañiles. Sólo tenemos interés por los trabajos de los señores, por el valor de los activos, o por los metros cuadrados que se han licenciado. Seguramente porque es una condición natural del hombre valorar más su trabajo que el de los demás.


El valor de las cosas es para mí, quizá uno de los temas más apasionantes de la economía y aunque la teoría subjetiva del valor nos explica muy bien la creación del valor y de riqueza general a partir de la valoración diferenciada que las personas hacen de las cosas, creo que esa teoría deja por fuera la información como elemento sustancial para formar esa subjetividad

Popayán, 6 de enero de 2016

LA MIGRACIÓN COMO POLÍTICA

Si hay un fenómeno social por el cual hemos conseguido, para bien y para mal, ser lo que actualmente somos es la migración. Gracias a la migración los primeros seres humanos salieron de África para colonizar Europa y luego Asia y así, poco a poco, Oceanía y América.
La migración logró poner a salvo al pueblo de Israel de la hambruna, para llevarlos a Egipto y Babilonia y luego, también librarlos de la esclavitud de esos mismos lugares. Gracias a la migración, muchas personas encontraron la fortuna y las riquezas que su sangre les negaba, con la colonización de América por los españoles, portugueses, ingleses, franceses y holandeses.
Gracias a la migración, posteriormente, otros lograron poner fin a los terrores que entrañaba la primera y la segunda guerra mundial en Europa. La migración también ha permitido que los individuos desolados por la inequidad que dejaron las colonizaciones, encontraran refugio en sus estados colonizadores, desde los argelinos hacia Francia, los Jamaiquinos a Inglaterra, los latinoamericanos a España…
Pese a todas estas muestras de lo importante que resulta para nuestra especie la migración, estúpidamente algunos políticos pretenden acabarla con una firma. Consideran que en la migración radican los problemas que ahora tienen.
Después de los ataques terroristas en París, muchos esfuerzos y alianzas hubo necesidad de hacer entre la izquierda, el centro y la centro derecha, para que posiciones políticas nacionalistas de ultra derecha no triunfaran en las pasadas elecciones regionales de Francia, en donde buen susto se llevaron en la primera vuelta cuando el Frente Nacional, amenazaba tomarse el poder regional en ese país. Pero la amenaza está viva. Para el 2017, la muy elocuente Marine Le Pen, podría tener serias posibilidades de triunfar para la Presidencia de la República.
Y no muy lejos de nosotros, en Estados Unidos, el tristemente célebre Donald Trump, con menos astucia, menos inteligencia y mucha menos elocuencia que su símil francesa, atrapa incautos con su discurso nacionalista gringo. Ser nacionalista y ser estadounidense es ya, per se, una contradicción.
Me resulta curioso pensar que cuando las cosas se ponían mal, la migración aparecía como salvación, pues es casi una obligación moral de las comunidades receptoras abrir sus brazos a quienes así lo solicitan. No podemos olvidar que la solidaridad, es decir, actuar como un solo cuerpo, debe ser propio de quienes conformamos una sola especie animal.
Pero hoy, cuando las cosas se ponen mal, cuando Europa se siente amenazada por la migración africana, producto de las semillas que ellos mismos sembraron; cuando Estados Unidos cree que su economía y sus puestos de trabajo están amenazados por la migración latinoamericana, en un modelo económico ampliamente auspiciado por ellos mismos, entonces resulta que el problema es de la migración.
Y aparecen los Trumps, y las Le pens, que le muestran a la gente la solución fácil: apelar a los nacionalismos, cerrar fronteras, construir muros e impedir la migración.

Popayán, 16 de diciembre de 2015