Un estudio publicado recientemente en la revista Current Biology y referenciada por varios medios de comunicación, da cuenta que los niños formados en entornos familiares con educación religiosa fuerte son menos generosos y altruistas y son más proclives a ejercer juicios más fuertes sobre los comportamientos de las demás personas.
Pues eso precisamente es lo que ocurre también en entornos sociales fuertemente religiosos y en Estados teocráticos. La tragedia que padeció París la semana pasada producto de unos ataques terroristas de miembros de ISIS refleja la intolerancia y la sinrazón de algunas decisiones orientadas, casi que con exclusividad, por fines religiosos.
Sin embargo esas expresiones de egoísmo y etnocentrismo no son patrimonio exclusivo de las sociedades del medio oriente.
Es muy fácil advertir en nuestra propia sociedad que las personas que participan de doctrinas religiosas poco flexibles tienen una orientación mucho más fuerte a demandar del Estado castigos más fuertes para los delitos y, en el caso colombiano por ejemplo, lideran la oposición al proceso de paz.
No desconozco la profunda necesidad del individuo por unas bases religiosas, o por vivir una espiritualidad regentada por aquello que durante muchos años se ha posado en nuestra cultura. No desconozco tampoco que la religión es tan parte de nuestra cultura que nos identifica y nos une y que puede ser tan necesaria para la construcción de sociedades. No obstante, considero que uno de los grandes logros que trajo la modernidad fue la separación entre iglesia y Estado.
Y creo que es necesario que esa separación se haga más y más grande y que la religión conduzca y oriente las decisiones espirituales de los individuos, pero no las decisiones sociales de los Estados, ni de las familias.
Una familia responsable con la crianza de los niños debería, considero yo, establecer la diferencia desde la más temprana infancia, entre el mito y el logos: entre la pasión y la razón y permitir que la teología, como ciencia social, limite su campo de análisis y de estudio, de tal suerte que no los supere y se introduzca en conclusiones que serían de las ciencias naturales o de otras ciencias sociales como la sociología, por ejemplo.
Las festividades cristianas de diciembre nacieron desde el imperio Romano, precisamente de la necesidad unir sociológicamente las celebraciones tradicionales (paganas) del fin del periodo de menos luz solar, con aquéllas de carácter religioso, relacionadas con el nacimiento de Jesús Cristo.
Este es un ejemplo que la secularidad y la religiosidad pueden convivir, cuando cada una mantiene su esencia.