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domingo, 1 de mayo de 2011

Para ir al cielo y para ver al Papa, hay que estar limpios. No sólo de corazón.

Hoy que, gracias a su beatificación, han salido tantas noticias del Papa Juan Pablo II, les comparto un texto que escribí después de su muerte en 2005.

Para ir al cielo y para ver al Papa, hay que estar limpios. No sólo de corazón.

El 3 de Julio de 1986, Juan Pablo II pasaba muy orondo por las calles maltrechas de Popayán, pues a pesar de que ya habían pasado más de 3 años del terremoto, la ciudad no se habían recuperado del todo (de hecho, hoy 22 años después podemos encontrar signos visibles de aquel desastre). Tendría entonces, 7 años y recuerdo que adecuaron un sitio muy especial para que el Santo Padre celebrara una eucaristía. Aquellos sitios eran para mí completamente desconocidos. Popayán, para mí, se acababa en el Terminal de Transportes hacia el norte y en la piedra sur hacia el sur.

Presidentes, deportistas, líderes políticos y religiosos del mundo tuvieron la oportunidad de cruzar palabras con él. Los que menos, lo vieron en una de las 104 viajes que hizo o en las 580 ciudades que visitó. Así lo habrían visto muchos patojos de entonces, cuando pasando por las calles del centro o de la galería de la Esmeralda pudieron haber recibido una bendición a lo lejos.

En mi casa de entonces, recuerdo, habían llegado unas monedas que habían sido acuñadas en conmemoración de la visita del Papa a Colombia pero al Papa, no recuerdo haberlo visto.

Higuita lo vio; el Presidente lo recibió; Schumaher, hace poco, tuvo audiencia con él; mi papá, mi mamá y mi hermana que entonces tendría 1 año también lo vieron (aunque mi hermana no lo recuerde), mis tías y mis abuelas; hasta mis primas no se quedaron en casa esa mañana. Popayán lo vio. “yo lo pillé en Deportivos Patiño” me dijo un amigo mientras veíamos uno de los funerales más mediatizados de los últimos años.

Pasó sobre las ruinas de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción. Las calles vieron entonces por primera y única vez, un papa-móvil y a su paso se bautizó una calle de Popayán; calle que ha recibido, entre otros, personajes de la talla de Don Jorge Barón y su Show de las Estrellas.

Que haya estado en mi ciudad un personaje que llenará con sus hechos los libros de historia en los que nuestros hijos estudiarán, que desde ahora se considera Magno como San Gregorio; que muy seguramente será beatificado y posteriormente canonizado, es motivo de gran desilusión.

Desilusión porque recuerdo que esa mañana cuando llegaron mis papás a recogerme para ir a “ver al Papa” no me llevaron porque, recuerdo que me dijeron: “¿cómo así? ¿aún no se ha bañado?, pues no va a ver al Papa”.


Christian Joaquí
Bogotá D.C., 3 de abril de 2005

martes, 12 de abril de 2011

Sobre la Semana Santa en mi Popayán


Los patojos de la diáspora, como dijo Ruco, urgimos por tiquetes y cupos para regresar a nuestra amada Popayán en lo que yo llamo las fiestas del retorno y otros, la Semana Mayor.

Y aunque es probable que me equivoque en cálculos, yo considero que al menos la mitad de los “turistas” que viajan a Popayán no son turistas en todo el sentido de la palabra, sino que son estudiantes de vacaciones que regresan a sus casas familiares, personas que trabajan en Cali, Bogotá, Medellín o yo qué sé, pero que anhelan regresar a Popayán para gozar quizá un poco menos de las tradiciones religiosas y sí un poco más de otras tradiciones o, mejor, tradicionales fiestas, bares, reencuentro con amigos, comidas, en fin…

Es curioso que cuando alguien me pregunta que qué voy a hacer en Semana Santa casi con presunción digo muy fuerte que voy para Popayán, como si estuviera diciendo: no, pues voy a pasar en Miami o iré unos días a Cartagena.

Lo que la gente, generalmente, no sabe de Popayán (que tampoco es que sepan mucho) es que Semana Santa en Popayán es más que únicamente procesiones y rezar. Popayán en Semana Santa también es sinónimo de comer rico; de materas y otras artesanías; de un gran Festival de Música que, gracias a Dios, ya no es tan religiosa, pero asimismo, para los que regresamos a Popayán es sinónimo de rumba, reencuentro con viejos amigos, diversión, rumba, el Morro de Belén, empanadas de pipián, rumba, champús y más rumba.

Doy fe que en otras ciudades como Bogotá y Medellín, el jueves y viernes santo no hay nada: no hay rumba, no hay reencuentros, no hay restaurantes, no hay nada. No queda, sino rezar y pues, no sé… yo al menos prefiero hacerlo desde mi casa. Como Dios está en todas partes prefiero cogerlo en mi casa que es más barato.

Lo que quiero decir es que, si bien el turismo religioso puede mover millares de personas hacia El Vaticano o hacia Tierra Santa, es claro que mueve más gente Paris, Nueva York, Londres, Rio de Janeiro que son sitios donde la gente no va precisamente a rezar.

Que me caigan rayos y centellas yo sé. Pero por qué no mostrar al resto del país eso que nos lleva a los patojos de la diáspora de regreso a Popayán. Eso que en buena medida no es rezar y ver las procesiones a toda carrera para meter los pasos a las iglesias, para que no se mojen. Por qué no mostrar eso que a mí no me creen: Que el centro de Popayán también es una delicia antes de que empiecen las procesiones y que lo es más aún cuando van terminando, porque al tiempo que pasa el último feligrés de la procesión, se van abriendo las puertas de los bares.

Que mientras Bogotá o Medellín tienen unos aburridísimos días santos, en Popayán se tiene diversión todas las santas noches.

Qué bueno sería que además de esa mitad de “turistas” de los que hablaba al principio, Popayán recibiera turistas de verdad; turistas de otra parte, como dijo David Enríquez y que le pudiéramos competir a la playa a la brisa y al mar de Miami o de Cartagena, que son sitios donde la gente va en Semana Santa pero no a rezar, aunque a veces también regresen con las rodillas magulladas.

Pues no sé. Eso es lo que pienso.