Hace poco tiempo apareció en
Facebook una suerte de encuesta viral que invitaba a las personas a contestar
algunas preguntas, para que luego calificaran las respuestas catalogándolas en
un plano cartesiano de identificación política. En ese plano cartesiano se
encontraba, en el eje x, la línea que políticamente dividiría al pensamiento de
izquierda y el de derecha. Mientras tanto, en el eje y, en la parte superior,
la identificación de un pensamiento comunitario y abajo un pensamiento
libertario o individualista.
Pensaba yo que sería muy
importante conocer lo que piensan los políticos sobre diferentes situaciones
hipotéticas y con las cuales se identificarían o no los votantes.
Pero la política dista tanto de lo
electoral, que aquí no importa qué piense o qué privilegien los candidatos.
Aquí, al parecer, lo que importa es la adhesión que pueda conseguir. No importa
si políticamente coincida o no.
En Popayán quedan en contienda
sólo tres candidatos de los cinco que inicialmente se inscribieron. Según las
encuestas y, según mi percepción personal, las dos candidaturas con más opción
de obtener una mayor cantidad de votos el próximo 25 de octubre, son la de
César Cristian Gómez y la de Jimena Velasco y por eso me voy a referir a ellas.
Uno supondría que del Partido
Liberal se podrían esperar políticas públicas que favorezcan los derechos, el
reconocimiento y el respeto por la comunidad LGBTI, o de la libertad de las
mujeres para decidir sobre la interrupción voluntaria del embarazo, o del
reconocimiento del Estado como responsable de algunas víctimas en el conflicto
armado; pero lo creo tan poco probable, cuando se han tenido que firmar
“acuerdos programáticos” con sectores religiosos que no están de acuerdo con esos
postulados de libertad individual, o con otros sectores doctrinarios de una
seguridad nacional que limite las libertades, para privilegiar el interés
supremo de la Patria.
Uno supondría que un verdadero
“Cambio para Popayán” tendría como requisito sustancial, terminar con una
relación electorera de rancia data entre el politiquero de oficio y las
personas que estarían encargadas de formular y ejecutar las políticas públicas.
Sin embargo, la llegada de dinosaurios, de paquidermos, de ejemplos de clientelismo
por antonomasia, hace pensar que el cambio tampoco sería posible.
Todas estas adhesiones, tienen un
común denominador: la ambición de ganar la contienda. La de superar a los
adversarios, sin importar lo que deba hacer.
Y si se advierte que no se puede ganar todo, al menos, ganar un poquito.
Alguna vez, hace años, alguna
amiga que aspiraba a un cargo de elección pública, me decía: Es que si yo me
lanzo es para ganar. Y yo asentí y le di la razón, claro, más porque me daba
francamente pereza contradecirla.
Yo creo que en una sana
democracia sería deseable que haya candidatos que estén dispuestos a que las
personas escruten profundamente su pensamiento y que, en virtud a ello, estén dispuestos
a saber que las demás personas piensan diferente. En otras palabras, candidatos
que estén dispuestos a perder.