jueves, 21 de junio de 2007

Va una por su mamá y otra por su abuela

Uno de los índices de eficiencia de la movilidad en las ciudades que buscan progreso, es el tiempo promedio que invierten las personas desde sus casas hasta sus lugares de trabajo o estudio. Cada día se piensa en nuevas alternativas para disminuir ese índice y así convertir una ciudad en una empresa más y más eficiente.

Popayán es una ciudad donde se realizan las obras más inocentes en busca de esa eficiencia. Hace algún tiempo, se construyó un puente peatonal en la zona de los Colegios Las Salesianas y El Seminario Menor; algunos meses después, programaron unos semáforos para automóviles y el de peatones que equiparon, cubría el mismo sector y para los mismos servicios. Sólo faltó un aviso de advertencia: “peatones caminando”.

Existen en Popayán vías paralelas a las avenidas que en otras ciudades se llaman vías lentas. Se supone que deben ser las apropiadas para que los vehículos de servicio público transiten, como también los particulares que buscan tomar las calles residenciales. En Popayán, sirven de parqueadero para las casas y el comercio que está en su área de influencia y como si fuera poco, no sé a quién se le ocurrió cerrarlas para no darles el uso que corresponde como sucede en el punto conocido como El Cachaco. Pues tocó cogerlo de parqueadero para quienes frecuentan ese sitio.

Y qué decir de los semáforos que pusieron en la glorieta Simón Bolívar (La Toscana) están hechos para que funcionen de manera eficiente cuando están apagados.

No menos absurda es la construcción de andenes en los sardineles que separan las avenidas y cuántas obras más que se realizarán en la Ciudad Blanca para poder poner una valla de autopropaganda y poder realizar una que otra contratación.

El fin de semana anterior tuve la oportunidad de volver a Popayán después de algunos días y me encontré que habían equipado la panamericana a la altura de la loma de las cometas con algunos reductores de velocidad que dan al traste con lo que una persona sensata buscaría para una ciudad que quiere salir del siglo XVIII y omitiendo quizá estudios sobre las causas principales de la accidentalidad en ese punto -que no debe ser el exceso de velocidad sino el alcohol- decidieron realizar esa construcción.

Contaba Fernando Vallejo en su libro El Desbarrancadero que muchos años después de no volver a su casa en Medellín, se encontró con una grada inútil que unos tipos habían construido en su baño. Cuando Vallejo golpeó contra esa dichosa grada dijo refiriéndose a aquellos albañiles: Doblehijueputas; una por su mamá y otra por su abuela.